Episodio 20 – Dr. Russell Ross: El dinamismo de la placa de ateroma

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Como introducción a este artículo, es importante recordar que hacia mediados del siglo XX ya se sabía que la placa de ateroma era responsable de la obstrucción de las arterias coronarias y que su ruptura podía provocar un infarto.

En aquella época surgieron dos grandes enfoques terapéuticos.
El primero consistía en comprimir la placa para reabrir la arteria, mientras que el segundo buscaba desviar la obstrucción mediante puentes coronarios.

Con el tiempo, sin embargo, se hizo evidente que estos tratamientos no curaban la enfermedad en sí. Principalmente aliviaban los síntomas relacionados con las obstrucciones, mientras que la enfermedad aterosclerótica seguía presente. Por lo tanto, el riesgo de eventos cardiovasculares agudos persistía a pesar de estas intervenciones.

En aquel entonces, nadie podía responder verdaderamente a la pregunta fundamental: ¿por qué se forman estas placas?

La aterosclerosis seguía siendo un fenómeno poco comprendido.

Dos grandes hipótesis se enfrentaban:

  • una atribuía su formación a una acumulación progresiva de colesterol en la pared de las arterias
  • la otra señalaba principalmente un proceso inflamatorio

Un investigador fascinado por la reparación de los tejidos

Fue en este contexto que los trabajos de Russell Ross transformarían profundamente la comprensión de la aterosclerosis.

Nacido el 25 de mayo de 1929 en St. Augustine, Florida, obtuvo un título en odontología en el Columbia University College of Dental Medicine de Nueva York en 1955. Posteriormente realizó estudios en patología experimental en la Universidad de Washington, en Seattle, donde obtuvo su doctorado tras varios años de investigación.

Más tarde se incorporó al Departamento de Patología de la Universidad de Washington, donde llegaría a convertirse en director del departamento.

El Dr. Ross se interesó especialmente por los mecanismos de cicatrización de las heridas.

Sus investigaciones lo llevaron a plantearse una pregunta fundamental: ¿podría un proceso normalmente útil para la curación convertirse, en determinadas circunstancias, en el origen de una enfermedad?

En otras palabras, ¿podría un mecanismo diseñado para reparar tejidos volverse perjudicial cuando se activa de manera inapropiada?

Un descubrimiento que transformó la cardiología

Sus trabajos condujeron a un descubrimiento fundamental.
Las mismas células implicadas en la cicatrización de los tejidos también se encontraban alrededor de las placas de ateroma.

A partir de esta observación, el Dr. Ross desarrolló una hipótesis revolucionaria: la aterosclerosis representaría en realidad una respuesta inflamatoria de la pared arterial frente a la acumulación de colesterol.

Este descubrimiento permitió finalmente reconciliar las dos grandes teorías que hasta entonces se oponían.

Los defensores de la teoría lipídica tenían parte de razón, al igual que quienes defendían el papel central de la inflamación.

La acumulación de colesterol pasó a considerarse el desencadenante de la reacción inflamatoria, y todo este proceso conduce progresivamente a la formación y evolución de la placa de ateroma.

Una enfermedad dinámica e inestable

Esta nueva comprensión transformaría la cardiología moderna.

La aterosclerosis dejó de considerarse un simple depósito pasivo de colesterol para entenderse como una enfermedad dinámica, activa y evolutiva.

Se comprendió entonces que una placa podía permanecer estable durante años y luego volverse repentinamente inestable y romperse.

Cuando ocurre una ruptura, el contenido de la placa entra en contacto con la sangre circulante, activando inmediatamente el proceso de coagulación.

Entonces puede formarse rápidamente un coágulo — llamado trombo — que obstruya parcial o completamente la arteria coronaria.

Este mecanismo es responsable de la mayoría de los infartos de miocardio.

El verdadero enemigo finalmente había sido identificado.

Un legado duradero

Los trabajos del Dr. Russell Ross influyeron profundamente en la comprensión moderna de las enfermedades cardiovasculares.

También abrieron el camino al desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas destinadas no solo a tratar las obstrucciones, sino también a estabilizar las placas de ateroma y reducir la inflamación vascular.

El Dr. Russell Ross falleció el 18 de marzo de 1999 en Seattle, estado de Washington.