Episodio 19 – El infarto de miocardio: una causa durante mucho tiempo desconocida

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Durante gran parte de la historia de la medicina, la causa del infarto de miocardio permaneció desconocida.

El dolor torácico era reconocido desde la Antigüedad, pero su origen era impreciso. Se hablaba entonces de «angina de pecho», sin comprender realmente lo que ocurría en las arterias del corazón.

El punto de inflexión del siglo XIX

En el siglo XIX, las primeras observaciones anatómicas permiten establecer una relación entre las arterias coronarias y ciertas muertes súbitas.

Las autopsias revelan la presencia de lesiones y obstrucciones en pacientes que habían presentado dolor torácico. Poco a poco, se impone la idea de que el corazón puede verse afectado por una disminución del flujo sanguíneo.

Principios del siglo XX: una comprensión aún incompleta

A comienzos del siglo XX, el infarto de miocardio se define mejor. Se reconoce que la obstrucción de una arteria coronaria puede provocar la muerte de una parte del músculo cardíaco.

Sin embargo, la causa de esta obstrucción sigue siendo incierta. Hasta la década de 1970, la explicación dominante se basa en la progresión lenta de una placa de ateroma que termina por bloquear completamente la arteria.

Una enfermedad temida… sin tratamiento eficaz

En aquella época, el infarto era una enfermedad particularmente temida.

Algunas expresiones reflejan esta realidad: una arteria importante era conocida como «la hacedora de viudas», y ciertos trazados eléctricos eran comparados con una «piedra funeraria».

Las opciones terapéuticas eran limitadas. El manejo se basaba en el alivio del dolor —especialmente con morfina—, el reposo estricto y la vigilancia de las complicaciones.

Los pacientes eran hospitalizados en unidades coronarias, donde los trastornos del ritmo podían detectarse y tratarse rápidamente. El reposo en cama se imponía durante varias semanas, a menudo alrededor de tres, con una reanudación muy progresiva de las actividades.

Tras el alta, se recomendaba evitar esfuerzos, emociones intensas y situaciones de estrés.

A pesar de estas medidas, la mortalidad seguía siendo elevada, alcanzando aproximadamente el 30 %, es decir, cerca de uno de cada tres pacientes.

Los primeros cuestionamientos

A partir de la década de 1950, comienza a surgir una hipótesis diferente.

Sol Sherry propone una nueva visión: en lugar de una obstrucción progresiva, sugiere que un coágulo sanguíneo desempeña un papel central en el evento agudo.

Sus trabajos muestran que un tratamiento capaz de disolver este coágulo puede mejorar la evolución, siempre que se administre rápidamente, idealmente por vía intravenosa en las primeras horas.

A pesar de su potencial, este enfoque permanece durante mucho tiempo en un segundo plano. Va en contra de las ideas dominantes y proviene de un campo —la hematología— aún poco integrado en la cardiología de la época.

La revolución de los años 1970

A finales de la década de 1970 se produce un cambio importante.

Marcus Wood demuestra, a partir de observaciones directas en pacientes operados muy temprano tras el inicio de los síntomas, que cerca del 90 % de los infartos están asociados a un coágulo que obstruye bruscamente la arteria.

Estas observaciones, respaldadas por imágenes impactantes, provocan una verdadera conmoción en la comunidad médica. Cuestionan la idea de una obstrucción lenta y establecen claramente el papel central del coágulo.

El infarto pasa a entenderse como un evento agudo, a menudo repentino.

Este descubrimiento marca un punto de inflexión decisivo y modifica profundamente su comprensión.

El nacimiento de un concepto moderno: «el tiempo es músculo»

A partir de entonces, se desarrollan tratamientos destinados a restablecer rápidamente la circulación.

El cuerpo humano dispone de un sistema natural capaz de disolver los coágulos, llamado trombólisis. Este principio inspira el desarrollo de terapias dirigidas a eliminar rápidamente la obstrucción.

Los primeros intentos utilizan la estreptoquinasa, inicialmente administrada directamente en la arteria coronaria.

Surge entonces una pregunta fundamental: ¿puede recuperarse el músculo cardíaco si la circulación se restablece rápidamente?

Willie Ganz demuestra que la desobstrucción precoz permite preservar la función cardíaca y limitar las secuelas.

Es en este contexto donde emerge un principio fundamental: cuanto más rápido se desobstruye la arteria, mayor es la cantidad de músculo cardíaco que se preserva.

La administración intravenosa de la trombólisis se impone rápidamente como una solución más simple y rápida.

A principios de los años 1980, el grupo GISSI confirma que un tratamiento administrado de forma precoz mejora significativamente la supervivencia.

Aunque este enfoque conlleva un riesgo de sangrado, representa un avance importante: por primera vez, es posible actuar directamente sobre la causa del infarto.

Una transformación importante de la cardiología

En pocos años, el manejo del infarto de miocardio experimenta una evolución espectacular.

Las unidades coronarias mejoran la vigilancia de los pacientes y reducen la mortalidad en aproximadamente un 50 %. Por su parte, los tratamientos destinados a disolver el coágulo también contribuyen a una disminución significativa de los fallecimientos.

Así, la mortalidad, que rondaba el 30 % en la década de 1970, desciende progresivamente hasta aproximadamente el 8 %.

Esta evolución se basa en una comprensión ahora clara del mecanismo del infarto: la formación de un coágulo sobre una placa de colesterol.

Este descubrimiento ha transformado profundamente la cardiología y sigue siendo hoy la base de las estrategias modernas de tratamiento y prevención.