Los desafíos de la prevención cardiovascular
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Todos coinciden en que la salud es un bien preciado, tal vez el más valioso. ¿No es eso lo que todos deseamos cada Año Nuevo?
La mayoría confía en los avances constantes de la medicina con la esperanza de poder curarse si surge un problema. Pero, ¿no sería mejor prevenir que curar?
A menudo admiramos a quienes viven muchos años sin enfermedades importantes, con la esperanza de descubrir su secreto. Pero, ¿estamos realmente dispuestos a tomar las acciones necesarias para preservar nuestra propia salud?
médecine pour espérer être guéris si un problème survient. Mais, ne vaudrait-il pas mieux prévenir que guérir?
Esperanza de vida en aumento, mortalidad precoz en descenso
En los países industrializados, la esperanza de vida ha aumentado significativamente durante el último siglo.
Esta mejora se debe en parte a la fuerte disminución de las muertes durante la infancia o al inicio de la edad adulta. El acceso a mejores condiciones sanitarias, las vacunas y los antibióticos también han desempeñado un papel fundamental.
Vivir mejor con enfermedades crónicas
El aumento de la longevidad también se basa en mejores herramientas de detección, tratamientos más eficaces y mejoras en los hábitos de vida — especialmente una marcada disminución del tabaquismo en varios grupos de población.
Pero persiste una sombra
A pesar de este panorama alentador, persiste una observación preocupante: aunque vivimos más tiempo, esos años adicionales suelen estar marcados por problemas de salud.
Según la Organización Mundial de la Salud, los últimos diez años de vida están en promedio acompañados de enfermedad.
En otras palabras, si la ciencia ha logrado prolongar la vida, aún no ha conseguido que todos vivan mejor hasta el final.
Una situación preocupante
Lo peor podría estar por venir.
Hace algunos años, un médico reconocido de Chicago lanzó una advertencia en una revista científica: los impresionantes avances en esperanza de vida logrados en los últimos 50 años podrían verse anulados por una nueva amenaza — la mayor epidemia de enfermedades crónicas de la historia.
Según él, las generaciones más jóvenes corren el riesgo de vivir menos tiempo que sus padres.
La obesidad, una plaga que sigue creciendo
Desde 1985, se ha observado un aumento continuo en la tasa de obesidad entre los jóvenes. Si bien la medicina logra limitar las consecuencias cuando la obesidad se instala en la edad adulta, la situación es mucho más difícil cuando comienza en la infancia o la adolescencia.
Las complicaciones aparecen antes y su tratamiento es más largo, complejo y costoso.
Cifras recientes que preocupan
Entre 2017 y 2020, uno de cada cinco jóvenes estadounidenses de entre 2 y 19 años era obeso. Entre los niños de 6 a 11 años, la mayoría no se movía lo suficiente: menos de uno de cada cuatro alcanzaba los 60 minutos diarios de actividad física recomendados.
En los adultos, la situación no es mejor: más del 70 % tiene sobrepeso u obesidad. Este desequilibrio creciente representa un desafío importante para la salud pública.
Una carga económica creciente
En Canadá, las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de hospitalización e intervención quirúrgica. Representan el mayor costo directo en salud. A eso se suman los efectos a largo plazo de la obesidad precoz, que podría generar una presión financiera sin precedentes sobre nuestros sistemas de atención.
En Estados Unidos, los costos directos e indirectos relacionados con estas enfermedades alcanzaron casi 420 mil millones de dólares en 2020-2021.
« Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morir »
Esta expresión ilustra bien una paradoja: todos desean vivir mucho tiempo y con buena salud, pero pocos están dispuestos a hacer los esfuerzos necesarios para lograrlo.
¿Podemos cambiar esta realidad y aspirar a vivir más años con mejor salud, en lugar de pasarlos enfermos y sufriendo? La respuesta es sí… pero la naturaleza humana lo complica.
Cuando aparece una enfermedad, el miedo impulsa a actuar. Pero una vez que el peligro inmediato ha pasado, la despreocupación suele retomar el control.
Un proceso largo y la punta del iceberg
La enfermedad coronaria no aparece de un día para otro. Es el resultado de un proceso lento, marcado por la acumulación de placas de colesterol en las arterias, conocidas como placas de ateroma. Muy a menudo, solo cuando ocurre un evento agudo —como un infarto o una angina inestable— la enfermedad se manifiesta.
Y para la persona afectada, es un golpe: dolor, miedo a morir, vida trastornada. La enfermedad nunca avisa, y nunca es buen momento para enfermarse.
Promesas electorales, ilusiones y vuelta al punto de partida
Tras un evento cardíaco, las buenas intenciones no tardan en aparecer: «¡Voy a dejar de fumar!», «¡Voy a volver a hacer ejercicio!», «¡Voy a bajar de peso!», «¡Voy a pensar más en mí!…». Y muchas más.
El miedo a morir genera una angustia tan intensa que suele empujar a hacer estas promesas sinceras… en ese momento. Los avances médicos actuales —como la angioplastia, que permite desbloquear rápidamente una arteria coronaria— salvan la vida de muchos pacientes.
La hospitalización es a veces tan breve, el tratamiento tan poco invasivo, que el peligro parece ya haber pasado. Se vuelve a casa con la sensación de estar “curado”.
Pero lo natural vuelve pronto…
Lamentablemente, esa impresión de haber sanado del todo lleva rápidamente a retomar los antiguos hábitos. Sin embargo, la enfermedad sigue presente.
La intervención simplemente comprimió la placa de colesterol contra la pared de la arteria —un poco como aplastar un obstáculo en la carretera sin haberlo eliminado realmente.
Incluso después de una cirugía de bypass coronario —una operación mayor que permite rodear las arterias bloqueadas—, algunos pacientes retoman sus hábitos nocivos. El corazón fue reparado, pero el estilo de vida no cambió.
Problemas de fondo y hábitos de vida
Aunque los síntomas desaparezcan, la enfermedad coronaria no se va. Sigue avanzando en silencio… a menos que finalmente se decida enfrentar el verdadero problema: nuestro estilo de vida.
La prevención, una clave esencial
La única forma duradera de evitar que la enfermedad aparezca (o reaparezca) es la prevención.
Y esta comienza con una revisión profunda de nuestros hábitos de vida. Porque ahí es donde realmente se libra la batalla : prevenir el primer infarto, evitar las consecuencias de la obesidad precoz y reducir el riesgo de recaída tras un primer evento cardíaco.
Resultados sorprendentes
Podríamos pensar que se necesitan tratamientos complejos para rotéger el corazón. Sin embargo, la solución suele estar a nuestro alcance.
Las cifras impresionan : los mejores medicamentos reducen el riesgo de infarto en aproximadamente un 1 %. Cambiar cinco hábitos de vida puede reducir ese riesgo en ¡un 85 %!
Estos cinco pilares son sencillos :
- Tener una alimentación saludable
- Mantener un peso adecuado (circunferencia de cintura < 100 cm en hombres, < 88 cm en mujeres)
- No fumar
- Mantenerse activo (al menos 30 minutos de actividad al día)
- Manejar el estrés
¿Y si empezamos hoy?
Lectura recomendada: Los hábitos de vida saludables
Efectos que van más allá del corazón
Y eso no es todo. Estos cambios también reducen el riesgo de cáncer y de enfermedades neurodegenerativas. En resumen, todo el cuerpo se beneficia.
¿Y la herencia genética?
Muchos piensan: «En mi familia todos mueren jóvenes. No puedo hacer nada». Eso es falso.
Investigaciones fascinantes demuestran que un estilo de vida saludable incluso puede influir en nuestros genes. Algunos buenos hábitos activan los genes protectores y desactivan aquellos que favorecen las enfermedades.
Sí, es posible. Y está científicamente comprobado.








