Episodio 16 – En los orígenes del reemplazo valvular
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En los orígenes del reemplazo valvular: cuando la idea parecía imposible
Este relato recuerda una verdad fundamental: los avances espectaculares de la cardiología moderna se apoyan en décadas de ensayos, errores, valentía y humildad.
Cada válvula implantada hoy es heredera directa de esos primeros pasos, a veces trágicos, pero profundamente humanos.
Una época con límites muy reales
Durante décadas, las enfermedades valvulares condenaron lentamente a quienes las padecían.
Los soplos eran detectados, los síntomas reconocidos, y algunas válvulas ya podían abordarse mediante procedimientos de comisurotomía. Pero la idea de reemplazar una válvula cardíaca permanecía fuera de alcance.
El encuentro de dos visionarios
A finales de la década de 1950, dos trayectorias que parecían opuestas estaban destinadas a cruzarse. Una provenía de la cirugía, la otra de la ingeniería. Juntas, sin saberlo, abrirían una nueva era.
A los 63 años, Albert Starr funda el programa de cirugía cardíaca de la Universidad de Oregón. Su ambición es clara: construir un servicio capaz de rivalizar con el del Dr. Walt Lillehei en Minnesota, entonces considerado una referencia mundial.
Poco después de su llegada, un hombre se presenta ante él, no como paciente, sino como portador de una idea audaz. Lowell Edwards, ingeniero hidráulico, sueña con fabricar un corazón mecánico.
El proyecto resulta intrigante, pero Starr propone un compromiso más realista: comenzar por reemplazar una válvula cardíaca.
Esta elección, aparentemente modesta, cambiaría la historia de la cardiología.
Antes de avanzar, se imponen tres preguntas fundamentales:
- cómo simplificar la compleja mecánica de la válvula mitral;
- qué material podría resistir millones de aperturas y cierres;
- cómo fijar de manera segura una válvula artificial dentro de un corazón en movimiento permanente.
Los primeros pasos: aprender del fracaso
Los pioneros avanzan sin un mapa. Cada éxito es frágil; cada error, cargado de consecuencias.
El primer prototipo se basa en un anillo coronado por dos valvas metálicas semicirculares, sostenidas por una barra central que permite un movimiento unidireccional. Los ensayos en animales son alentadores: los perros sobreviven a la cirugía y la función cardíaca parece satisfactoria.
Pero los días siguientes revelan una realidad brutal. Todos desarrollan un edema pulmonar fatal. Las autopsias muestran dos problemas principales: una fijación imperfecta de la válvula y la formación de finos coágulos sanguíneos sobre las valvas metálicas, listos para desprenderse.
La conclusión es inequívoca: este modelo no puede funcionar en seres humanos. El fracaso se convierte entonces en una fuente de aprendizaje.
La idea decisiva
La perseverancia a veces abre una puerta inesperada.
Surge un segundo prototipo: una bola móvil encerrada dentro de una jaula, fijada a un anillo suturado al esqueleto cardíaco. La esperanza es que el movimiento constante de la bola evite la formación de coágulos.
La mejora es real, pero imperfecta. Siguen apareciendo coágulos en el anillo de sutura, capaces de bloquear la bola y provocar una falla súbita.
A pesar de ello, en la primavera de 1959, Lowell Edwards introduce una mejora técnica decisiva. En los estudios en animales, la tasa de éxito a largo plazo alcanza el 80 %. El momento de dar un paso decisivo se acerca.
El paso al ser humano: valentía, esperanza y tragedia
En esta etapa, la frontera entre la experimentación y la esperanza se vuelve frágil.
En el verano de 1960, el jefe de cardiología de Oregón, Herbert Griswold, impulsa al equipo a ir más allá. Pacientes con insuficiencia mitral severa en fase avanzada, sin otras opciones terapéuticas, esperan una solución.
Norma Forbes se convierte en la primera paciente en someterse a un reemplazo valvular mitral. La intervención transcurre sin incidentes mayores. Los parámetros son tranquilizadores. Luego ocurre un gesto banal: cansada de permanecer boca arriba, pide que la giren hacia el lado derecho. El Dr. Starr la ayuda a cambiar de posición y, en ese preciso instante, fallece súbitamente en sus brazos.
La autopsia revela la causa: una embolia aérea masiva. No todo el aire había sido evacuado del corazón tras la intervención.
Un error técnico dramático, similar a los vividos por otros pioneros, entre ellos los doctores Charles Bailey y Lillehei.
El inicio de una nueva era
La historia del progreso médico suele escribirse a partir de los segundos intentos.
El segundo paciente de Starr, un hombre de 52 años, se convierte en el primer sobreviviente de un programa de investigación de apenas dos años, dedicado a la creación de una válvula artificial.
Es en ese momento preciso cuando comienza verdaderamente la era del reemplazo valvular.
Un año más tarde, se implanta con éxito la primera válvula aórtica artificial.
Seguridad, durabilidad y legado
Con el paso del tiempo, la audacia individual da lugar a la ciencia colectiva.
En California, los Laboratorios Edwards demuestran que estas válvulas de bola pueden funcionar durante más de 40 años, a un ritmo de 60 latidos por minuto, sin presentar fallas mecánicas.
Los resultados clínicos mejoran rápidamente. La mortalidad operatoria, que alcanzaba cerca del 50 % durante el primer año del programa de Starr, disminuye de forma progresiva. En la actualidad, se sitúa alrededor del 3 %, e incluso en el 1 % en pacientes que, por lo demás, se encuentran en buen estado de salud.
Ya en aquella época, los pioneros comprendían una noción esencial: el riesgo operatorio siempre debe interpretarse a la luz de la gravedad de la enfermedad valvular y del estado general del paciente.






















